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  • pedroqueen

LA SOLEDAD DE LA SANGRE


La escritura es para mí un mandato reiterado de maneras sutiles a lo largo de esta segunda parte de mi vida. Siempre he dicho que escribo, no como un medio para alcanzar algo, sino como resultado de lo que hago. Lo asumo y lo practico según revelan mis arcanos. Asi que en este 2015 que apenas comienza resuelvo contar la historia del día que supe que mi familia no era como yo pensaba, y del enigma que se me reveló, para ver si logro descifrarlo.

Soy el hijo único de la unión de Sigilda Pérez Álvarez, secretaria de oficio y Pedro Reina Díaz, maestro de inglés. La convivencia conyugal de mis padres fue corta y al momento de yo nacer en 1966 llevaban un tiempo separados aunque de forma amigable. Ocho meses después de mi nacimiento, mi padre murió súbitamente tras una intervención quirúrgica el 18 de junio de 1967.

Crecí muy cerca de la familia de mi padre y mis abuelos que se esforzaron por reparar el hueco que esta muerte suponía en mi vida y en la de ellos. Cultivaron la memoria de mi padre y me trasladaron con afecto una buena parte de su cotidianidad, recorriendo conmigo las sendas de sus gustos y predilecciones, y dando testimonio del amor que le tenían. Algo importante, sin embargo, quedó callado y pasarían varias décadas hasta que yo lo descubriera una tarde de 1997.

Mi Tío Johnny, hermano mayor de mi padre y maestro jubilado, era el último habitante de la casa familiar y, en aquel momento, atravesaba un quebranto serio de salud que me obligó a realizar una limpieza profunda del lugar. Con el pasar de los años y las consabidas defunciones poco o nada había cambiado en aquella casa, haciéndola casi un archivo inactivo de la vida de sus anteriores habitantes. La tarea me enfrentaba a un mundo de recuerdos, no todos agradables por el modo que subrayaban la ausencia de personas a quienes quise con el alma. El destino—o más bien mi abuelo Pedro cual Zeus espléndido— quiso que entre muebles, objetos y papeles encontrara algo que yo y solo yo podría hallar, y que estaba destinado para mí.

Aunque de niño jugué a superhéroe mi talón de Aquiles fue siempre el temor a laoscuridad. De modo que a la hora de la cama necesitaba todo el apoyo que mi abnegado Abuelo pudiera darme, a manera de guardia y compañía. Aquel cuarto mío servía también de oficina con un pequeño escritorio y un archivo metálico de tres gavetas. La cama de plaza y media era de caoba con cuatro largos pilares en cada esquina. Tampoco ayudaba a

mi tranquilidad que mi abuela Ana fuera una consumada espiritista kardesiana que reclamaba ver espíritus plácidos por toda la casa. Pavor era poca palabra para describir lo que yo sentía en soledad ante aquella confluencia metafísica, sobre todo a la hora de acostarme. Pese a todo aquel cuarto era mío, y en él quiso don Pedro dejarme un pequeño archivo rudimentario que contaba un relato desconocido por muchos y que yo descubrí 16 años después de su muerte ocurrida en 1981.

Resulta que mi padre, a quien apodaban Papún, tuvo otra hija en los días previos a su fallecimiento, que irónicamente aconteció en su primer Día de los Padres. Aunque tuvo noticia del nacimiento, esta segunda hija y su madre, desaparecieron al poco tiempo sin dejar rastro, excepto la caja de cartas que mi Abuelo conservó para consignar esta historia que no me contó en vida pero sí en la muerte, y que resumo más o menos como sigue.

La madre de la niña se llamaba Mary Frega. Tenía 18 años y vivía con su madre Judith Vázquez Casellas en un apartamento de la calle Fernández Campos 1060 y más tarde en la calle Cerra 1004. Ambas habían regresado a Puerto Rico desde Nueva York. La chica cursaba su primer año universitario en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. El embarazo ocurrió mientras mi Padre, separado de mi Madre, convivía en la casa de mis abuelos.

Del tracto epistolar se desprende que una vez conocida la preñez de Mary, esta se mudó a Nueva York, huyendo de la tenaz oposición de su madre y demás familiares. Se alojó en la casa de una Tía de Papún en el Bronx llamada Carmen Reyes, en espera de resolver todos los asuntos pendientes. Allí vivió al menos siete meses hasta que doña Judith, su madre, diera con su paradero. En ese momento se rompió toda comunicación, salvo por algunos testimonios de conocidos que intervinieron a petición de mi Abuelo para dar con el paradero de Mary y su hija recién nacida. Se supo que dio a luz una niña a quien llamaron Angie Ivette. Este dato lo conozco porque en la consabida caja, junto a unas fotos mías de recién nacido, había también una de la chica con su nombre al dorso.

Me consta que Papún supo del nacimiento de Angie Ivette antes de su muerte por un borrador de carta que mi abuelo Pedro escribiera a doña Judith, dándole cuenta de la muerte de su hijo y de la última voluntad de éste: que le permitiera a don Pedro y doña Ana adoptar a la niña para darle el apellido de su fenecido hijo, y así hacerla participe de su patrimonio. De esa carta no se conoce respuesta.

Solo puedo imaginar el trauma que vivieron mis abuelos, y el dolor que sufrieron al perder al menor de sus hijos y a una nieta a quien, estoy seguro, hubieran amado tanto como me amaron a mí. Créanme que no exagero. En el afecto entrañable que me dispensaron puedo reconocer ahora la tristeza de esa nieta perdida. Un luto por partida doble es algo terrible. Trato de imaginarlo y apenas alcanzo a sentir el profundo sentido de pérdida que los ahogaba. Del mismo modo me pregunto qué habrá sido de aquella niña y qué le habrán dicho, si algo, sobre su padre biológico. Pero así vivieron mis abuelos hasta sus últimos días, sin dejarse gobernar por el pasado, y dejando simplemente ese conjunto de cartas como si fuera una pequeña bobina de hilo de cuyo extremo tiro en este escrito a fin de saber si consigo desenredarla, aunque sea apenas un poco. Es un deber que asumo para tratar de cumplir simbólicamente lo consignado por mi Abuelo en aquel borrador de carta: “…que la niña no tenga complejos y así sepa quién fue su padre cuando tenga que ir a la escuela o sea mayor, y de nada tenga que avergonzarse.”

Así supe que tenía una hermana de la que apenas me separan nueve meses, lo que significa que durante tres meses del año tenemos la misma edad. Este hecho no deja todavía de sorprenderme. Huelgan las explicaciones y, por supuesto, las preguntas. Hice las gestiones que pude para conocer de su paradero con lo poco que colegí de la información disponible. No obtuve contestación. Por eso solo me resta contar la historia para que alguien, del modo que sea, tome las piezas y me ayude a completar este rompecabezas. Es monumental la tarea pero reafirmo aquello que la gran Rosa Guzmán un día me dijera: “No subestimes nunca el poder de la pluma.” Basta que las palabras vuelen hasta encontrar su camino de vuelta.

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