ESO QUE LLAMAN OCTUBRE

10.03.2014

Si los meses tuvieran olor, el de octubre se asemejaría al del silencio. Sobrio, no del todo opaco, con algunas briznas de color ocre, como corresponde propiamente al otoño. Apretado entre septiembre, ese primer mes entero de faenas académicas, y noviembre que es la antesala a la cuaresma por vía del adviento que los puertorriqueños llamamos “navidades”—así en plural—octubre se cuela en el calendario sin mucha pena y menos gloria. Acaso por la abundancia de dulces multicolores o la oferta de disfraces que apuntan a su última noche de muertos, el mes permanece a todas luces anónimo, distante.

 

No sé si será porque marca mi onomástico en la antesala de aquella noche de brujas, octubre se me antoja íntimo, sentido, personal. Su presencia me acompaña con la sobriedad que asocio al eminente fin del año. Lejos del bullicio del verano, el mes siempre me llama a la introspección propia de los aniversarios. Más de una vez en la infancia su llegada me provocó el asma y me confinó a una cama, cosa que en ningún otro momento pasaba. Ese sutil tránsito de temporadas siempre se aferra a la piel y al olfato de quienes comprenden. Para el que cultiva lo sutil resulta fácil advertir el tránsito de las estaciones. Un día impredecible de este mes, en el momento menos pensado aún en el trópico, el sujeto alerta olerá en el aire cotidiano que el planeta ya gira en otro compás, y la piel lo confirmará erizándose puntual. Puede ser en la mañana o tal vez en las últimas horas del tramo vespertino, para quien lo reconozca, esa experiencia sensorial traerá noticias de que el año se acerca a su clausura.

 

El sonido de la letra “o” resuena insistente en mi recuerdo y me traslada a las lecciones de poesía que hace casi treinta años Carlos Bousoño impartiera en Madrid recitando en clase “Canción del Jinete” de Federico García Lorca [Córdoba/ Lejana y sola/ Jaca negra, luna grande, y aceitunas en mi alforja/Aunque sepa los caminos yo nunca llegaré a Córdoba.] No era tanto el pesimismo sino el peso inefable de esa letra lo que se quedó conmigo. Cerrada, redonda, distante.

 

Entonces, de cierto modo, octubre me pertenece y yo le pertenezco a él. No será mucho pero de seguro compartimos este tenue reclamo, digamos, personal. Pensándolo bien miento si digo que octubre huele a silencio porque lo asocio con una canción harto ochentosa: WHEN OCTOBER GOES. La melodía es del inmortal Johnny Mercer, pero en voz de Barry Manilow, aquel famoso señor Copacabana, que animaba nuestras fiestas adolescentes. Nada como el sonido melancólico de su piano en el balcón nocturno de Miss W., ilustre dama casi nacida en este mentado mes, en cuyos soirées escolares conocí un par de cosas. De modo que retiro aquello de que octubre sea mudo. Porque el olvido—ya lo dijo Bendetti—está lleno de memoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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